En un contexto de creciente presión sobre los sistemas sanitarios y una industria farmacéutica que busca equilibrar innovación con sostenibilidad, Europa comienza a mirar con otros ojos una estrategia que no es nueva, pero que gana fuerza: el reposicionamiento de medicamentos.
Se trata de identificar nuevos usos terapéuticos para fármacos ya conocidos. Una vía que promete acelerar el acceso a tratamientos, reducir costos de desarrollo y, en algunos casos, abrir oportunidades donde no las había, especialmente para enfermedades raras o de difícil abordaje.
Entre 2021 y 2024, la Agencia Europea de Medicamentos (EMA) y la Red de Agencias Nacionales (HMA) desarrollaron un proyecto piloto para evaluar el potencial del reposicionamiento, ofreciendo asesoramiento científico gratuito a instituciones académicas y entidades sin fines de lucro.
El balance: de nueve proyectos evaluados, solo uno logró avanzar a una nueva indicación aprobada. Fue el caso del Iohexol, un agente de contraste ya utilizado en imágenes médicas, reposicionado en España como herramienta para la evaluación de la función renal. Un logro modesto en números, pero simbólico: demostró que el modelo puede funcionar.
En la práctica, reposicionar un medicamento implica tomar una molécula conocida —con perfil de seguridad ya estudiado— y demostrar su eficacia en una indicación diferente. Eso acorta tiempos clínicos, reduce costos y, sobre todo, minimiza el riesgo de fracaso en fases avanzadas.
Ejemplos históricos no faltan. La talidomida, retirada por sus efectos adversos en embarazadas, volvió reconvertida como tratamiento contra el mieloma múltiple. El sildenafil, desarrollado originalmente para la angina de pecho, se convirtió en un éxito comercial bajo el nombre Viagra. La pandemia también dejó huella: el remdesivir, creado para el ébola, fue reorientado como antiviral para el COVID-19.
Aunque el concepto entusiasma, los desafíos no son menores. Las barreras regulatorias y de propiedad intelectual siguen siendo el gran obstáculo. En muchos casos, al tratarse de sustancias sin patente vigente, no existe un incentivo claro para que una compañía invierta en estudios clínicos costosos si no puede garantizar su exclusividad de mercado.
Desde la patronal Medicines for Europe proponen una solución concreta: establecer una exclusividad de datos de al menos cuatro años para nuevas indicaciones de medicamentos reposicionados, así como una vía regulatoria específica para fármacos “valor añadido”, centrada en el beneficio clínico real más que en la novedad tecnológica.
Mientras la Unión Europea avanza en una reforma integral de su legislación farmacéutica, prevista para 2026, el reposicionamiento aparece cada vez con más fuerza como una herramienta clave para mejorar el acceso sin comprometer la innovación. En paralelo, compañías como AstraZeneca advierten que Europa está quedando rezagada en velocidad de aprobación, con demoras que pueden superar los 600 días para terapias oncológicas.
En ese contexto, reutilizar lo que ya se tiene cobra sentido, sobre todo si se enmarca en esquemas colaborativos entre industria, academia y agencias reguladoras.
El reposicionamiento farmacológico deja de ser una estrategia secundaria para convertirse en una apuesta realista y necesaria. Si Europa logra adaptar su marco legal e incentivar su desarrollo, el beneficio podría ser doble: más innovación terapéutica y más eficiencia sanitaria.
Porque a veces, para innovar, no hace falta descubrir algo nuevo. Basta con mirar lo viejo con ojos distintos.
Fuente: Consalud.es